El Escaramujo, de Silvio Rodríguez, canción sobre lo que debería ser la educación: un constante aprendizaje.
El Escaramujo, de Silvio Rodríguez, canción sobre lo que debería ser la educación: un constante aprendizaje.
Él sintió que el sol llamaba a su puerta y, de inmediato, se levantó. La vio dormida a su lado y sintió pena por tenerla que llamarla. Sigiloso, pausado, con dulzura, silueteó el rostro de su amor con la punta de la nariz. Ella abrió los ojos, suplicó cinco minutos más de pereza y volvió a echar su cabeza sobre la almohada.
Fue condescendiente y acompañó su decisión con un mimo que a ella la derretía. Siempre lento, sabía que las puntas de sus dedos recorriendo la espalda eran una caricia que abría las puertas de par en par. Lo hizo y mientras sentía la respiración, recordó el día en que se conocieron.
Esta historia de amor, que está a treinta segundos de acabar, empezó once meses atrás, mientras dos energúmenos lo perseguían y él, azarado, trepó a un árbol, saltó una tapia y fue a dar a un patio, justo donde ella se bronceaba. Aún la historia no registra rechazo alguno por parte de una fémina a la que el cielo la haya premiado con tal suerte.
Así empezó todo. Con encuentros sorpresivos, llamadas indecentes y escapadas nocturnas. Jamás los vieron, porque la clandestinidad siempre fue su aliada. Jamás sospecharon, porque cuando se veían e iban acompañados, disimulaban.
Pero esta mañana, luego de trescientos treinta días de idilio, un energúmeno clavó un letrero en el que prohibe el amor. Lo que no sabe es que ni ella ni él saben leer.

Le pregunté a Camila por su novio. Arrugó la nariz, miró despectivamente y me respondió:
— No lo recuerdes, me dejó tirada… se fue para otro país: ¡para la Guajira!
Yo seguí leyendo el periódico y ella, terminando la plana de la “e”.
A propósito de la fiebre del Factor X, qué bueno sería ver un documental de esta calidad hecho por cualquier universidad de Colombia.

Lucía llegó hace tres años a Cali, proveniente de Tolima. Tiene 15 años y siete meses de embarazo.
Lucía cierra sus ojos para volver a estar viva. Se huele la piel, se imagina otra vez las sensaciones, vuelve a estar allí. Ríe, que es su estado ideal. Abraza las sábanas, despoja su cuerpo de la mañana y se levanta desnuda rumbo al comedor. Corta trocitos de manzana, la fruta que de niña su mamá le enseñó a comer, los riega con miel, les habla, los devora. Recoge el periódico, supone las noticias, se entretiene con las fotografías, se embelesa con la publicidad.
Antes de salir de casa, Lucía vuelve los ojos al espejo gigante que soñó tener desde que cumplió ocho años y que ahora adorna una de las paredes de su apartamento en el oeste de Cali. Se observa toda, juguetea con las miradas, se gusta, se seduce. Acomoda su falda, camina con pasos largos, imitando a las modelos que ve en el canal internacional de modas. Así quiere ser, aunque también le da por pensarse ejecutiva. Vale decir que a Lucía no le interesa el futuro, no lo siente, odia ilusionarse en vano. Prefiere el pasado, porque lo manipula, cambia el orden de lo sucedido, lo altera. El pasado la ilusiona, la hace soñar, le permite pasar ratos enteros recordando cómo pasó todo. Ríe y quienes la vemos no nos sorprendemos. Así es Lucía.
El otro día, contó muy oronda en pleno almuerzo, recordó cuando su papá se marchó con la moza, que en realidad era su esposa, porque la moza era la mamá de Lucía, que estaba sentada en la misma mesa y reía a carcajadas. Recordás, mamá, cuando el viejo ese salió despedido del apartamento del centro, con escándalo incluido, mientras vos le tirabas la ropa y los libros desde el cuarto piso… caían los chiros, caían las corbatas, los pantalones bien planchados, las camisas de puño impecable, todo al suelo, y también se azotaron Chopra, Cuauhtémoc y Rizo, los autores que él solía leer, pero que jamás comprendió, recordás ese día, mamá. Y la señora, sabiendo que era uno de los tantos cambios que por libre albedrío hacía Lucía a la Historia, la intentó corregir, pero ella se negó y muy seria le dijo, Bueno, mamá, no pensemos más en ese viejo pendejo, que está muy lejos y no le importa a nadie, ya pasó y punto.
Y mientras recordaba a su padre, mientras imponía sus estruendosas risotadas, un hombre pasó y la sacó de su trance. Dos monedas cayeron en el tarro metálico, mil pesos que despertaron a Lucía. Pobre niña, dijo aquel tipo vestido de sastre, tan niña y en embarazo. La mujer que acompañaba al benefactor asintió con la cabeza mientras tapó su boca con los dedos y arrugó la frente.
Una mujer nos enseña a vivir para servir a otros. Un bello ejemplo.

James, el lotero ciego del CAM
Incrédulo de posibles alineamientos planetarios, prevenido con golpes repentinos del destino y malicioso ante cualquier llamado de la suerte, el abogado Martínez supuso que, gracias a la voz de James, el lotero ciego del CAM, aquel billete de lotería podría cambiar el rumbo a su vida. De inmediato, detuvo sus pasos acelerados, volteó con elegancia y preguntó, Amigo, qué número acaba de ofrecerme. James lo miró con sus oídos, pues sus ojos dejaron de funcionar luego de un accidente de tránsito, y respondió, Seis veintiocho, con Valle, señor.
Con las manos ásperas, pero con el cuidado de un tallador de madera, James desprendió el billete y le entregó al abogado Martínez la posibilidad de poseer dos mil millones de pesos. Entre tanto, el jurista dispuso el papel en medio de su agenda, convencido de tener el número ganador de ese día.
James había llegado a su punto de venta hacía media hora y ese era el primer cliente de la mañana. Dispares, ajenos y hasta enemigos, estos dos hombres habían cruzado sus caminos y realizado una transacción comercial sin que uno de los dos advirtiera que ese día pasaría algo así.
Toda una paradoja: mientras el lotero rebuscó en sus bolsillos alguna moneda para tomar un tinto callejero, el abogado Martínez se había hostigado con la dulzura del chocolate, dejando la taza medio llena a expensas de las moscas que pudieran arribar al impecable comedor.
Pero no hay justicia si se ve desde un solo ángulo, así que las paradojas también pueden ser en contravía. Mientras James se había despedido de su esposa con un cálido beso, la mujer del abogado Martínez completaba un mes por fuera, luego de que el cansancio hiciera mella y las malas noches se volvieran una constante, por lo que había empacado sus cosas para marcharse indignada. Qué paradoja: un abogado que descree de la suerte y tiene el cinismo de ser un amante cuadriculado.
El día pasó para James sin mayores avisos de sorpresa. A su invisible puesto de venta se acercaron tres universitarios para preguntarle cosas de su vida y tomarle fotos, aunque no pagaron un peso por la información. Dos solteronas compraron fracciones inverosímiles, de números irracionales y cargados de mala suerte. Un borracho preguntó por Bogotá y James contestó, No, don Benjamín, cayó en cinco y usted sólo compra ocho. Dos huelguistas también invirtieron parte de sus almuerzos en una fracción.
A las cinco y treinta de la tarde, James recogió su toldo de mentiras, guardó sus ilusiones numéricas y emprendió el regreso a casa. Mientras viajaba, quiso tener un detalle romántico con Amanda, su esposa, y, por eso, cambió un paquete de margaritas por dos quintos de Cauca. Armado de flores, muerto del hambre y completamente exhausto, James entró a su hogar para recibir un beso lento, lentísimo, de Amanda.
Hicieron el amor dos veces, una cuando se dijeron buenas noches, y otra en la mañana, cuando sin hablarse se saludaron con sexo. Las tibias piernas de Amanda hicieron que James renunciara a su trabajo por ese día, seguro de que la suerte no llegaría con la lluvia. Así que se metieron de nuevo entre las sábanas, James jugó a ser el tigre de Neruda y enamoró a su esposa. Ella, tímida, complaciente y celosa, detuvo los ímpetus malsanos de su marido, quien insistía por ir a cumplir con su deber.
Mientras al otro lado del mundo los amantes se devoraban, el abogado Martínez aguardaba, bajo los escalones del puente peatonal y completamente empapado por la lluvia, la llegada de aquel ciego que le había hecho ganar dos mil millones de pesos. Qué paradoja.

Foto tomada irresponsablemente y sin permiso de www.tintindeocali.com
En el tiempo de mayor euforia, cuando Tin Tin Deo pareció agrietarse y explotar con el canto pacífico del negro Sanclemente, justo en el momento en que ella sintió la mirada ociosa de él sobre sus hombros, que la hizo aguantar en la boca el trago de aguardiente, en el instante en que ella al fin se decidió a acercarse a él, el celular vibró y un mensaje de texto le devolvió el odio: Mami, regresa ya, tengo miedo.
El niño de cuatro años de edad se arrepintió de su decisión y a voz en cuello expresó, Juepucha, así no era. La abuela, aterrada y descontextualizada, abrió los ojos y exclamó, Niño, por Dios, eso no se dice. El pequeño, relajado y contextualizado, corrigió a la septuagenaria, No, abuelita, tranquila, la palabra mala no es juepucha, sino hijueputa.
Entró gritando a la sala de urgencias del Hospital Universitario del Valle, tropezándose con heridos a bala y apuñaleados. Era viernes, a punto de ser sábado. Los pacientes gemían; dos, habían llegado a rastras, abrazados, luego de una golpiza de un grupo de skind heads; una niña, apenas si podía moverse tras ser arrollada por un borracho en carro; otro, mayorcito él, sentado en el piso por falta de camillas, se orinaba cada quince minutos, era el más silencioso. Y ella, alborotada por un dolor abdominal, saltó los turnos, pasó los controles y gritó, angustiada, Quiero que alguien me salve, por favor.
Las enfermeras la intentaron detener, pero la fuerza de una mujer con un gato revolcándose dentro de su estómago la hizo incontrolable. Es más, los brazos se le entumecían al menor contacto, provocando en otros la sensación de que ella era de piedra. En realidad, era estrato cinco, fabuloso apartamento en San Fernando y bonito carro en el garaje. Llamó de urgencias, pero las reparaciones en las vías demoraron la ambulancia y ella, vestida por Otálora, salió despavorida y se metió al primer lugar en el que leyó urgencias. Quiero que alguien me salve, por favor, insistió la pobre, o la rica, mejor será decir, pues su puesto de alta ejecutiva en una firma de abogados le valía para tener langostinos en su nevera. Las enfermeras, que en ciertos casos olvidan que tratan a un ser humano, así éste, como en nuestro caso, haya olvidado que el respeto es don humano, se miraron entre sí y una de ella definió, Pasillo cinco, puerta dos, consultorio seis, Jaramillo, el doctor Jaramillo le aliviará su molestia, Por dónde me voy, dijo la señora en voz baja, aturdida por el dolor, Por ahí, le respondió la enfermera, señalando uno de los tres corredores.
Caminó como pudo, sosteniéndose de las paredes, mientras el gato buscaba la salida, desesperado tras dos horas de encierro. Tocó la puerta, se anunció, pero no tuvo respuesta, así que giró la perilla, abrió la puerta y se tumbó en una camilla con las patas oxidadas. Buenas noches, dijo el doctor Jaramillo, recién graduado de la universidad, Muy malas, médico, atiéndame rápido, por favor, rogó la mujer, que había doblado su brazo izquierdo sobre la cara, para impedir que la luz la cegara. El hombre se dio la vuelta para conocer a su paciente, sostuvo en su mano derecha el estetoscopio y en la izquierda, una tabla con papel, que colocó justo al lado de la cabeza de la señora. No quiero que usted me atienda, es muy joven, que venga otro médico, por favor, Pero, señora, se está muriendo de un dolor y piensa usted en mi edad, No lo tome a mal, pero…, pero…, además lleva un tatuaje y ese aretico en la nariz, por favor, no se ofenda, pero yo quiero a otro médico y lo quiero ya.
La mujer cerró los ojos y tomó aire, susurró algo para sí y volvió a gritar. Cuando abrió de nuevo sus ojos, el médico no se había ido, la miraba con recelo. Sí me ofendió, pero no quiero discutir, es más importante su salud, así que por favor dígame qué siente y yo la voy a ayudar, la mujer tiró la cabeza hacia atrás, gimió y dijo, Ya le dije que no me voy a dejar atender de usted, un muchachito pandillero, No soy pandillero, no me juzgue por mi apariencia, Pues sí lo hago y me importa muy poco que haya podido engañar a una universidad, a mí, no me atiende.
La discusión pareció llegar a su fin, porque Jaramillo salió del consultorio, aunque muy malhumorado iba, claro, a nadie le gusta que sus hábitos sean cuestionados, más, si el tatuaje era una simple guitarra con las cuerdas destempladas y una inscripción que decía Inamovible, y el piercing, un gusto que se dio cuando llegó a Nueva York, ciudad que conoció gracias a una invitación para hablar en un seminario sobre enfermedades extrañas, interés particular y genuino de este médico, cuyo promedio en el pregrado de la Universidad del Valle superó al de todos los estudiantes del país y ahora tenía el dilema de escoger en qué universidad quería especializarse. Ese muchachito, deben saberlo ustedes, era una eminencia, pero a la señora con el gato en el estómago le parecía muy poco.
Jaramillo regresó al consultorio, Mire, señora, no hay quién la atienda en el hospital más que yo, así que, por favor, dígame cuál es su dolor. Ante la palabra hospital la señora reaccionó y preguntó aterrada, Cómo así que estoy en un hospital, y sugirió, Pero claro, usted con esa pinta no podría trabajar en una clínica, lléveme ya a una clínica, no vaya a ser que me muera en este lugar. El dolor se intensificó en ese momento, al punto que le tomó la mano al médico, No hay ambulancias disponibles, entienda, señora, por favor, yo soy su única opción, no hay más, dígame por qué se queja, Pero le parece poco, méd…, casi lo pronuncia, Joven, corrigió en la marcha, una mujer de mi clase metida en un hospital público, atendida por un muchachito tatuado y con aretico en la nariz, por favor, déjese de payasadas conmigo y sáqueme de aquí.
El límite del médico se había sobrepasado, aunque por una extraña razón sintió una especie de desafío en esta paciente, Salga como vino, señora, le sugirió, a lo que la mujer, al término de un sonoro grito, dijo, No ve que no puedo, este dolor en el estómago me está matando y cada minuto que pierdo discutiendo con usted, Dolor en el estómago, eso es, la interrumpió el médico Jaramillo, Desabróchese el vestido, quiero ver su abdomen, Cree que me voy a desnudar por un dolor en el estómago, por favor, no sea absurdo, Y usted no sea tonta… perdóneme, no quise ofenderla, déjeme ver su abdomen y ya, la quiero examinar. El gato se movió de repente y sacó sus uñas, desesperado porque la discusión entre aquellos humanos no lo iba a sacar pronto. La mujer apretó sus ojos y enterró sus dedos en el brazo derecho del médico, aprisionando el tatuaje. Jaramillo reaccionó rápido, puso su mano derecha quince centímetros a la derecha del ombligo y presionó con la izquierda, un grito, esta vez sordo, ahogado, detuvo al doctor, Tiene apendicitis, señora, es necesario operarla de inmediato, dictaminó Jaramillo, Y ahora me quiere matar, repuso la doña, Niño, entienda, no me voy a dejar atender por usted, mucho menos operar, sáqueme de aquí.
La arrogancia de la señora había llenado la copa, Jaramillo no sólo le había diagnosticado su mal, sino que pretendía salvarla y ella, cuyas muñecas sostenían un par de aros dorados, se negaba. El gato casi la hace entrar en razón, si es que podemos hablar de un ser racional de una persona que juzga por apariencias, pero el orgullo provocó un remedio efectivo que la motivó a levantarse, salir del consultorio y tomar un taxi, que la llevó a la clínica Valle del Lili, donde murió. Jaramillo no dijo nada, la vio irse como si fuese un fantasma. Al día siguiente, debajo de Inamovible, escribió Inaceptable.