El escaramujo

Posted in Uncategorized on 21 septiembre 2009 by Oscar Ortega

El Escaramujo, de Silvio Rodríguez, canción sobre lo que debería ser la educación: un constante aprendizaje.

Prohibido el amor

Posted in Uncategorized on 26 agosto 2009 by Oscar Ortega

Él sintió que el sol llamaba a su puerta y, de inmediato, se levantó. La vio dormida a su lado y sintió pena por tenerla que llamarla. Sigiloso, pausado, con dulzura, silueteó el rostro de su amor con la punta de la nariz. Ella abrió los ojos, suplicó cinco minutos más de pereza y volvió a echar su cabeza sobre la almohada.

Fue condescendiente y acompañó su decisión con un mimo que a ella la derretía. Siempre lento, sabía que las puntas de sus dedos recorriendo la espalda eran una caricia que abría las puertas de par en par. Lo hizo y mientras sentía la respiración, recordó el día en que se conocieron.

Esta historia de amor, que está a treinta segundos de acabar, empezó once meses atrás, mientras dos energúmenos lo perseguían y él, azarado, trepó a un árbol, saltó una tapia y fue a dar a un patio, justo donde ella se bronceaba. Aún la historia no registra rechazo alguno por parte de una fémina a la que el cielo la haya premiado con tal suerte.

Así empezó todo. Con encuentros sorpresivos, llamadas indecentes y escapadas nocturnas. Jamás los vieron, porque la clandestinidad siempre fue su aliada. Jamás sospecharon, porque cuando se veían e iban acompañados, disimulaban.

Pero esta mañana, luego de trescientos treinta días de idilio, un energúmeno clavó un letrero en el que prohibe el amor. Lo que no sabe es que ni ella ni él saben leer.

perros

El amor de Camila

Posted in Uncategorized on 17 julio 2009 by Oscar Ortega

Le pregunté a Camila por su novio. Arrugó la nariz, miró despectivamente y me respondió:

— No lo recuerdes, me dejó tirada… se fue para otro país: ¡para la Guajira!

Yo seguí leyendo el periódico y ella, terminando la plana de la “e”.

Cantantes urbanos

Posted in Uncategorized on 17 junio 2009 by Oscar Ortega

A propósito de la fiebre del Factor X, qué bueno sería ver un documental de esta calidad hecho por cualquier universidad de Colombia.

El sueño de Lucía

Posted in Uncategorized on 9 junio 2009 by Oscar Ortega
Lucía llegó hace tres años a Cali, proveniente de Tolima. Tiene 15 años y siete meses de embarazo.

Lucía llegó hace tres años a Cali, proveniente de Tolima. Tiene 15 años y siete meses de embarazo.

Lucía cierra sus ojos para volver a estar viva. Se huele la piel, se imagina otra vez las sensaciones, vuelve a estar allí. Ríe, que es su estado ideal. Abraza las sábanas, despoja su cuerpo de la mañana y se levanta desnuda rumbo al comedor. Corta trocitos de manzana, la fruta que de niña su mamá le enseñó a comer, los riega con miel, les habla, los devora. Recoge el periódico, supone las noticias, se entretiene con las fotografías, se embelesa con la publicidad.

Antes de salir de casa, Lucía vuelve los ojos al espejo gigante que soñó tener desde que cumplió ocho años y que ahora adorna una de las paredes de su apartamento en el oeste de Cali. Se observa toda, juguetea con las miradas, se gusta, se seduce. Acomoda su falda, camina con pasos largos, imitando a las modelos que ve en el canal internacional de modas. Así quiere ser, aunque también le da por pensarse ejecutiva. Vale decir que a Lucía no le interesa el futuro, no lo siente, odia ilusionarse en vano. Prefiere el pasado, porque lo manipula, cambia el orden de lo sucedido, lo altera. El pasado la ilusiona, la hace soñar, le permite pasar ratos enteros recordando cómo pasó todo. Ríe y quienes la vemos no nos sorprendemos. Así es Lucía.

El otro día, contó muy oronda en pleno almuerzo, recordó cuando su papá se marchó con la moza, que en realidad era su esposa, porque la moza era la mamá de Lucía, que estaba sentada en la misma mesa y reía a carcajadas. Recordás, mamá, cuando el viejo ese salió despedido del apartamento del centro, con escándalo incluido, mientras vos le tirabas la ropa y los libros desde el cuarto piso… caían los chiros, caían las corbatas, los pantalones bien planchados, las camisas de puño impecable, todo al suelo, y también se azotaron Chopra, Cuauhtémoc y Rizo, los autores que él solía leer, pero que jamás comprendió, recordás ese día, mamá. Y la señora, sabiendo que era uno de los tantos cambios que por libre albedrío hacía Lucía a la Historia, la intentó corregir, pero ella se negó y muy seria le dijo, Bueno, mamá, no pensemos más en ese viejo pendejo, que está muy lejos y no le importa a nadie, ya pasó y punto.

Y mientras recordaba a su padre, mientras imponía sus estruendosas risotadas, un hombre pasó y la sacó de su trance. Dos monedas cayeron en el tarro metálico, mil pesos que despertaron a Lucía. Pobre niña, dijo aquel tipo vestido de sastre, tan niña y en embarazo. La mujer que acompañaba al benefactor asintió con la cabeza mientras tapó su boca con los dedos y arrugó la frente.

Una heroína de la cotidianidad

Posted in Uncategorized on 5 junio 2009 by Oscar Ortega

Una mujer nos enseña a vivir para servir a otros. Un bello ejemplo.

Los ojos de la suerte

Posted in Uncategorized on 8 abril 2009 by Oscar Ortega
James, el lotero ciego del CAM

James, el lotero ciego del CAM

Incrédulo de posibles alineamientos planetarios, prevenido con golpes repentinos del destino y malicioso ante cualquier llamado de la suerte, el abogado Martínez supuso que, gracias a la voz de James, el lotero ciego del CAM, aquel billete de lotería podría cambiar el rumbo a su vida. De inmediato, detuvo sus pasos acelerados, volteó con elegancia y preguntó, Amigo, qué número acaba de ofrecerme. James lo miró con sus oídos, pues sus ojos dejaron de funcionar luego de un accidente de tránsito, y respondió, Seis veintiocho, con Valle, señor.

Con las manos ásperas, pero con el cuidado de un tallador de madera, James desprendió el billete y le entregó al abogado Martínez la posibilidad de poseer dos mil millones de pesos. Entre tanto, el jurista dispuso el papel en medio de su agenda, convencido de tener el número ganador de ese día.

James había llegado a su punto de venta hacía media hora y ese era el primer cliente de la mañana. Dispares, ajenos y hasta enemigos, estos dos hombres habían cruzado sus caminos y realizado una transacción comercial sin que uno de los dos advirtiera que ese día pasaría algo así.

Toda una paradoja: mientras el lotero rebuscó en sus bolsillos alguna moneda para tomar un tinto callejero, el abogado Martínez se había hostigado con la dulzura del chocolate, dejando la taza medio llena a expensas de las moscas que pudieran arribar al  impecable comedor.

Pero no hay justicia si se ve desde un solo ángulo, así que las paradojas también pueden ser en contravía. Mientras James se había despedido de su esposa con un cálido beso, la mujer del abogado Martínez completaba un mes por fuera, luego de que el cansancio hiciera mella y las malas noches se volvieran una constante, por lo que había empacado sus cosas para marcharse indignada. Qué paradoja: un abogado que descree de la suerte y tiene el cinismo de ser un amante cuadriculado.

El día pasó para James sin mayores avisos de sorpresa. A su invisible puesto de venta se acercaron tres universitarios para preguntarle cosas de su vida y tomarle fotos, aunque no pagaron un peso por la información. Dos solteronas compraron fracciones inverosímiles, de números irracionales y cargados de mala suerte. Un borracho preguntó por Bogotá y James contestó, No, don Benjamín, cayó en cinco y usted sólo compra ocho. Dos huelguistas también invirtieron parte de sus almuerzos en una fracción.

A las cinco y treinta de la tarde, James recogió su toldo de mentiras, guardó sus ilusiones numéricas y emprendió el regreso a casa. Mientras viajaba, quiso tener un detalle romántico con Amanda, su esposa, y, por eso, cambió un paquete de margaritas por dos quintos de Cauca. Armado de flores, muerto del hambre y completamente exhausto, James entró a su hogar para recibir un beso lento, lentísimo, de Amanda.

Hicieron el amor dos veces, una cuando se dijeron buenas noches, y otra en la mañana, cuando sin hablarse se saludaron con sexo. Las tibias piernas de Amanda hicieron que James renunciara a su trabajo por ese día, seguro de que la suerte no llegaría con la lluvia. Así que se metieron de nuevo entre las sábanas, James jugó a ser el tigre de Neruda y enamoró a su esposa. Ella, tímida, complaciente y celosa, detuvo los ímpetus malsanos de su marido, quien insistía por ir a cumplir con su deber.

Mientras al otro lado del mundo los amantes se devoraban, el abogado Martínez aguardaba, bajo los escalones del puente peatonal y completamente empapado por la lluvia, la llegada de aquel ciego que le había hecho ganar dos mil millones de pesos. Qué paradoja.